"No hay manera de escapar a la filosofía […] Quien rechaza la filosofía profesa también una filosofía pero sin ser consciente de ella." Karl Jaspers, filósofo y psiquiatra. "There is no escape from philosophy. Anyone who rejects philosophy is himself unconsciously practising a philosophy." [Karl Jaspers, Way to Wisdom 12 (New Haven: Yale University Press, 1951)]

Líneas principales del pensamiento de San Agustín

En lo que sigue se tratarán las siguientes cuestiones:

- Origen de su pensamiento (en relación con el Marco histórico, sociocultural y filosófico)
- Resolución del problema entre Fe y Razón (ni mero eclecticismo ni fideísmo radical)
> La cuestión metafísica (¿Espiritualismo o Materialismo?) El nuevo "lugar"de las Ideas platónicas: la Mente Divina.
> Teoría del conocimiento (destruyendo el escepticismo y adelantando ciertos aspectos de Descartes) Agustín como el primer "psicólogo" que estudió la memoria. La incompatibilidad entre la reminiscencia platónica (anámnesis) y la memoria tal y como la entiende el cristiano.
> La cuestión de la naturaleza humana (alma, cuerpo, libre albedrío y origen de las malas acciones) y su relación con el "Problema del mal".
> Ética, Política y Filosofía de la Historia (esta última es una novedad y es lógico: el tiempo para los griegos es concebido como ciclos mientras que el Cristianismo introduce la linealidad, el Alfa y el Omega, el principio y el fin de la Historia Universal, de modo que ahora tiene sentido preguntarse cuál es el Omega y cómo se alcanzará; esta concepción lineal será retenida incluso por Filosofías no confesionales [Hegel] o marcadamente materialistas y ateas [Marx])





Antes de comenzar a exponer el pensamiento de San Agustín te recomiendo que leas estos dos fragmentos bíblicos; en el primero de ellos, del Evangelio de San Juan, verás en qué se fundamenta teóricamente la fusión de la Filosofía griega con la mentalidad judeo-cristiana (esta última reinterpretó el “Logos” griego); en el segundo se muestra la astucia con la que San Pablo fue capaz de “hacer hueco” al Cristianismo en el Areópago de Atenas, el centro mismo de lo que quedaba del esplendor intelectual de Grecia. Lee con atención (extraído de la versión directa de las lenguas originales de la Biblioteca de Autores Cristianos, elaborada por E. Nácar y A. Colunga).

El Evangelio de San Juan es el único de los cuatro que no es sinóptico, su estilo no es directo y vívido (frente a Mateo, Marcos y Lucas) y no nos va descubriendo quién es Jesús según transcurre el relato sino que es abstracto, sistemático (es decir, tiene “aire filosófico”) y comienza con la esencia misma de lo que es Jesús para luego ver cómo eso se va haciendo concreto en un momento histórico determinado. Este Evangelio facilitó enormemente, pues, la fusión entre filosofía y cristianismo. Así comienza:

Al principio era el Logos,
Y el Logos estaba en Dios,
Y el Logos era Dios.
Él estaba en principio en Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él,
Y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
En Él estaba la vida,
Y la vida era la luz de los hombres.
La luz luce en las tinieblas,
Pero las tinieblas no la acogieron.

San Juan, 1, versículos del 1 al 5.

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Mientras Pablo los esperaba en Atenas (a Silas y a Timoteo), se consumía su espíritu viendo la ciudad llena de ídolos. Disputaba en la sinagoga con los judíos y los prosélitos, y cada día en el ágora con los que le salían al paso. Ciertos filósofos, tanto epicúreos como estoicos, conferenciaban con él, y unos decían: ¿Qué es lo que propala este charlatán? Otros contestaban: Parece ser predicador de divinidades extranjeras; porque anunciaba a Jesús y la resurrección. Y tomándole, le llevaron al Areópago, diciendo: ¿Podemos saber qué nueva doctrina es esta que enseñas? Pues eso es muy extraño a nuestros oídos; queremos saber qué quieres decir con esas cosas. Todos los atenienses y los forasteros allí domiciliados no se ocupan en otra cosa que en decir y oír la última novedad.

Puesto en pie Pablo en medio del Areópago, dijo: “Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos; porque, al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto, he hallado un altar en cual está escrito: 'Al Dios desconocido'. Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano del hombre, ni por manos humanas es servido, como si necesitase de algo, siendo Él mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Él hizo de uno todo el linaje humano para poblar toda la faz de la tierra. Él fijó las estaciones y los confines de las tierras por ellos habitables, para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y existimos, como algunos de vuestros poetas han dicho:

'Porque somos linaje suyo'

Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano".

Hechos de los Apóstoles, 17, versículos 16-28
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El pensamiento de Agustín es el resultado de una maduración filosófica personalmente vivida, es decir, vivió la filosofía como la religión: como un problema personal que tenía que resolver desde su interior. De ahí que se diga que es el primer antiguo que pisó terreno moderno (cuando se estudie a Descartes se comprenderá esto perfectamente)

Parte de la duda escéptica para ponerla al límite: anticipa a Descartes dando a entender que dudar implica al menos saber algo: que se duda. Algo sí que se sabe. Hay, al menos, una verdad. Pero es una verdad sin contenido, puramente formal (pensar que nada es cierto es formalmente una certeza). ¿Dónde está el contenido primigenio de la verdad? ¿Cuál es la verdad material, con contenido, desde la que poder seguir investigando? Asumiendo el pensamiento neoplatónico no considera que aquello que afecta nuestros sentidos nos pueda conducir a la verdad; la verdad está en el interior (“In interiore hominem habitat veritas”; “En el hombre interior está la verdad”): No es el cuerpo y el alma lo que está hecho a imagen y semejanza de Dios (los maniqueos consideraban que el Bien y el Mal tenían realidad corpórea, pero Dios no es cuerpo, de ahí la ira de Moisés, recogida por Miguel Ángel en su célebre escultura, al ver la adoración del becerro de oro) sino sólo el alma, la cual presenta tres facultades. Estas son: a) La Memoria por la que nos asemejamos al Padre pues es la que nos hace permanecer y ser, perdurar: “Yo soy el que soy” le dijo Yahvé a Moisés en el Monte Sinaí (Éxodo, 3, versículo 14); b) El Logos, o Entendimiento, nos asemeja a Jesús, el Hijo, quien vino a hacer comprensible mediante su Palabra la Voluntad del Padre; véase el comienzo del Evangelio de San Juan); el Entendimiento divino y c) La Voluntad (asemejándonos a El Espíritu Santo, por el cual se cumple la Voluntad de Dios) El desvío de la voluntad humana con respecto a la Voluntad divina origina el mal. El ser humano es memoria para preservar su identidad, inteligencia para conocer y voluntad para amar.

Esta interpretación le hace considerar a la Memoria como nuestra facultad más importante y le lleva a decir que el atributo fundamental del alma humana es el tiempo, frente a la eternidad de Dios. Somos más tiempo que cuerpo. El tiempo está en la estructura misma del alma humana (esta tesis será fundamental en Kant (s. XVIII) y Heidegger (s. XX) El alma no ocupa lugar, no tiene partes ni divisiones y tiene al cuerpo como instrumento; pero la existencia del alma es temporal aunque pueda llegar a ser inmortal (mas no eterna: no puede vivir “por encima” del tiempo, a diferencia de Dios). Agustín define al ser humano como “substantia quaedam rationis particeps, regendo corpori accomodata”, es decir, como un alma racional que se sirve de un cuerpo mortal y terreno. UTILIZA EL ARGUMENTO DEL FEDÓN PLATÓNICO SEGÚN EL CUAL EL ALMA ES EL PRINCIPIO DE VIDA, Y COMO DOS CONTRARIOS SON INCOMPATIBLES, EL ALMA NO PUEDE RECIBIR LA MUERTE.

La esencia del alma es el tiempo, la duración. El tiempo surge con la creación y, por lo tanto, es lineal y no cíclico. La creación del mundo a partir de nada (“ex nihilo”; léase el comienzo del Génesis) se produjo conforme a unas Ideas que, como las Ideas platónicas, tienen una existencia más allá de nosotros pero que son inmanentes al Entendimiento divino. Al no darse una reencarnación ni una transmigración –pues Dios nos ha creado como personas únicas e irrepetibles- no hay reminiscencia y el proceso de conocimiento de la creación ha de darse a partir de los sentidos, tal y como expone Aristóteles. Sin embargo los sentidos no nos llevan a las verdades más profundas sino que estas se alcanzan por iluminación. Esa luz de Dios (que Descartes reinterpretará como “luz natural”) ayuda a discernir el orden de las Ideas (la symploké platónica) y su jerarquía. La Idea de Bien no es una Idea es Dios mismo. Conocer no es recordar Ideas pero Dios sí creo el mundo a partir de las Ideas y las Ideas se pueden captar por iluminación.

En conclusión a todo lo anterior y antes de continuar con la cuestión TRATADA EN EL TEXTO podría decirse que para Agustín el problema entre Fe y Razón se resuelve de este modo: como no hay “mi verdad” y “tu verdad” sino la verdad –en la medida en que entendemos la verdad como algo que se nos desvela o algo que se corresponde con los hechos- tampoco hay “verdades de Fe” y “verdades del Logos” sino que la Fe y la Razón son las dos “alas” que posee el ser humano para alcanzar la cumbre de la verdad.

Está claro, visto todo lo anterior, que la ética de San Agustín no puede ser una ética fundamentada en complacer los deseos del cuerpo sino en atender las aspiraciones del alma. Pero no por eso deja de ser una ética material, con contenido y fines, como la de otros filósofos griegos, en concreto, no deja de ser una ética eudaimonista, que busca la Felicidad pero poniendo esta en otro “lugar” distinto a donde la puso Aristóteles: fuera de uno mismo. Aunque eudaimonista no es aristotélico, tampoco es epicúreo pero eso no le lleva al estoicismo: la virtud tampoco constituye por sí misma la felicidad. La ÉTICA DE AGUSTÍN es una ética del amor, de la entrega de la vida a Otro superior por amor a él. La facultad de la voluntad nos inclina hacia Dios en la medida en que no se ve confundida por las inclinaciones o deseos del cuerpo (platonismo). Como dice SAN MATEO que nos comunicó Cristo: “Amás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Para San Agustín en estas frases se condensa la ética puesto que “una vida buena y honesta –dice San Agustín- no se forma de otro modo que mediante el amar”. La cuestión es ¿Siendo algo tan sencillo cómo resulta tan complejo?

La voluntad es libre y es sujeto de obligación moral. Pero la base de esta obligación es la capacidad de elegir entre el bien y el mal, denominada “libre albedrío” o, en términos actuales, “libertad subjetiva”. Sin embargo sentimos la debilidad de las pasiones, herencia del pecado original cometido por los Primeros Padres de la Humanidad. Por lo tanto para que el libre albedrío no sucumba y pueda orientarse a la elección del bien necesita de la ayuda de la Gracia divina, una fortaleza “gratuita” que Dios inspira en el alma de aquellos que están predispuestos a hacer Su Voluntad. De modo que San Agustín niega así dos herejías de su época: la del pensador Orígenes, que decía que Dios otorga la Gracia de antemano a cualquier acto de nuestra libertad y por lo tanto la salvación no depende de nosotros y, por otro lado, la de Pelagio, quien creía que somos absolutamente libres y que el pecado original no nos condiciona. Esta discusión sobre la libertad TIENE RELACIÓN DIRECTA CON LA SOLUCIÓN DE AGUSTÍN AL PROBLEMA DEL MAL EN EL MUNDO. Hay tres tipos del mal: a) Mal metafísico-ontológico: las criaturas participan de Dios que es el Sumo Bien pero no son Dios sino que cuanto más abajo están en la escala de la Creación más privación de lo Divino acusan. Ese “faltarles”, esa privación que nosotros también padecemos, es el mal metafísico-ontológico; b) Mal físico. El dolor, el sufrimiento, la muerte… son apariencias de mal pues encuentran un sentido en el sufrimiento del mismo Cristo por el que se produce la Redención. Si el mismo Padre padece desde la Eternidad la Crucifixión temporal e histórica de su Hijo ¿cómo podemos reprocharle el dolor y la enfermedad? Y con respecto a la muerte, para Agustín, esta no es más que un acontecimiento físico de la propia vida puesto que el alma, que es de Dios, si la salvamos, permanecerá inmortal; c) Mal moral o pecado, que es consecuencia del pecado original y es el resultado de elegir orientado por el amor a uno mismo y no por el amor a Dios. Tampoco se puede atribuir a Dios puesto que no deja de provenir de la libertad humana.

Pues bien, DEL MISMO MODO QUE PLATÓN PROYECTÓ LA DIVISIÓN DEL ALMA EN EL ESTADO ASÍ AGUSTÍN HARÁ LO PROPIO CON LA HISTORIA Y LA POLÍTICA. En el individuo se dan dos principios de conducta, dos amores que la rigen: el amor a uno mismo y el amor a Dios. Usa una metonimia (la parte por el todo) para referirse a dos tipos de órdenes políticos en función de cada uno de esos principios: Jerusalén, cuyo testigo habría sido tomado por la Iglesia Católica (“La Ciudad de Dios”) y el decadente Imperio Romano como relevo de Babilonia. No obstante las ideas de Ciudad de Dios y Ciudad terrenal son ideas morales y espirituales: un hombre puede ser cristiano y pertenecer a la Iglesia pero si su principio de conducta es el amor a sí mismo y no el amor a Dios entonces su reino es de este mundo, no “habita” en la Ciudad de Dios (“Incluso los hijos de la pestilencia –escribe Agustín- se sientan a veces en la silla de Moisés”) Del mismo modo si un jefe de Estado se conduce bajo la dirección del amor de Dios, se propone la justicia y la caridad, pertenece espiritualmente a la Ciudad de Dios. Este es el sentido de lo que dice el Evangelio: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. La sociedad se define como “una multitud de criaturas racionales asociadas de común acuerdo en cuanto a las cosas que aman”. Tal definición puede ser aplicada incluso a un Estado pagano y cuando sus miembros persigan lo bueno tal Estado, aunque infiel a Dios, puede ser un Estado de cierta justicia pero la justicia completa sólo le puede venir al Estado como resultado de su cristiandad puesto que en Dios los hombres se aman los unos a los otros.

Se siguen así dos consecuencias fundamentales: a) La Iglesia ha de informar a la sociedad civil con unos principios de conducta intachables, provenientes del amor de Dios; b) La Iglesia es superior al Estado en tanto que sociedad perfecta cuando no cae en manos pecaminosas que la pervierten. Quien se debe a la Iglesia desobedecerá a un Estado injusto puesto que la ley que no es justa no es ley de Dios, quien sobrevive y prevalece por encima de cualquier orden terrenal.

La influencia de San Agustín será decisiva para la Teología y la Filosofía posteriores. Como teólogo es el Padre de la Iglesia más influyente. Como filósofo se deja notar especialmente en el argumento ontológico de San Anselmo para demostrar la existencia de Dios (el cual no puede aceptarse sino se admiten los grados de Ser, residuo neoplatónico-agustiniano) y también en Santo Tomás quien lo reconoce como autoridad teológica indiscutible aunque como filósofo no aceptó su teoría del conocimiento (Santo Tomás parte de los sentidos en todo momento, como Aristóteles, y no supone la necesidad de una "iluminación" para el conocimiento) si bien sí le dio la razón en cuestiones tales como la que concierne al TEXTO, es decir, la solución al problema del mal en relación con la libertad.