"No hay manera de escapar a la filosofía […] Quien rechaza la filosofía profesa también una filosofía pero sin ser consciente de ella." Karl Jaspers, filósofo y psiquiatra. "There is no escape from philosophy. Anyone who rejects philosophy is himself unconsciously practising a philosophy." [Karl Jaspers, Way to Wisdom 12 (New Haven: Yale University Press, 1951)]

Las Metáforas en las Ciencias Exacta y Naturales



Algunas metáforas son claras y abiertas pero otras se “solidifican”, se pierde la imagen y acaban pareciendo conceptos rigurosos y nos crean la apariencia de conocer algo que no es nuevo sino que está “enterrado” por el paso del tiempo. Ejemplo: “El cosmos es una estructura ordenada”: la misma palabra “Cosmos” contiene etimológicamente el concepto de orden.

Dos líneas paralelas en la Geometría de Euclides son aquellas que se cortan en el infinito (expresión metafórica para excluir el tiempo de la geometría en la que se supone que no debe aparecer puesto que lo que se quiere decir es que, en el caso de que se extendieran en el tiempo, nunca se cortarían)

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En la física galileano-newtoniana la metáfora general implícita, solidificada, que Kant y Laplace aceptaron sin rechistar, sería la de que todo es como un mecano. No se conformaban con entender como un mecano la materia inerte sino que consideraban extensible esta forma de entender la materia a la materia en todos sus géneros. Por eso Kant duda de si la libertad es posible o es sólo una apariencia cuya realidad habría que postular para que la moral tenga sentido (si somos como máquinas lo que creemos que sucede porque lo elegimos no sería más que el resultado de una necesidad mecánica cuyas razones últimas aún desconocemos por ser nuestro cuerpo una realidad demasiado compleja)


Un ejemplo de metáfora explícita, no solidificada, aparece en los Diálogos de Galileo. Allí, Salviati (quien representa a Galileo), que defiende la idea de que la tierra se mueve, argumenta con Simplicio (que representa al Papa), que mantiene la idea aristotélica de que la tierra se encuentra fija en el centro del universo. El argumento de Simplicio es que si la tierra se moviera, un objeto que se dejara caer desde una torre, por ejemplo, habría de caer tras esa torre. En cambio, como la tierra no se mueve, el objeto que se lanza cae siempre en el mismo sitio. Pero Salviati utiliza la metáfora “la tierra es (como) un barco” para desarrollar su refutación. Primero hace admitir a Simplicio que la metáfora es relevante para la demostración. Si la tierra está quieta, también lo puede estar un barco, y lo mismo si se mueve. Si se lanza un objeto desde el mástil cuando el barco está quieto o en movimiento debería suceder algo análogo a lo que pasaría si se lanzara un objeto desde lo alto de una torre. Y Salviati razona “Dime ahora. Si la piedra lanzada desde lo alto del mástil cuando el barco navega rápidamente cayera exactamente en el mismo lugar en que caería si el barco estuviera en reposo, ¿qué uso podría hacer de esa caída con respecto a saber si el barco estaba quieto o en movimiento?

El Big Bang, además de ser considerado como una tesis metafísica para cualquier pensador y/o científico serio –ha sido muy criticada esta idea por muchos científicos rigurosos- es metafórico de arriba a abajo. Bebe de la idea judeo-cristiana de “Creatio ex nihilo”. Además es “creacionista”; de acuerdo con la relatividad especial de Einstein, en la que supuestamente se basa el Big Bang, no existe la simultaneidad en diferentes lugares cuando están en juego distancias enormes y grandes diferencias de velocidad. Luego, el Big Bang contradice la relatividad especial, al hablar del origen simultáneo del E-T y materia y de la expansión desde distintos puntos de manera simultánea. Dicho sea de paso, Einstein creía en Dios (“Dios no juega a los dados con el Universo”) pero, como le expresó también Laplace a Napoleón, no lo necesitaba en su sistema. Eso es el materialismo, no el hecho de decir que todo se reduce a átomos y vacío (esto sería el monismo reduccionista grosero que no es auténtico materialismo) El Big Bang con t=0 es deducido de las ecuaciones de la relatividad general, pero al mismo tiempo esas ecuaciones y la misma RG se colapsan o no se aplican en el t=0, ya que no hay espacio y tiempo "allí" y, por eso, no se pueden aplicar las leyes de la física o de la RG. Semejante postulado ad hoc recuerda a la "cosa en sí" kantiana, la cual se deducía de las categorías del entendimiento (algo debe impresionar mi sensibilidad), pero que estaba eximida de esas mismas categorías, lo que demostraba lo incoherente y contradictoria que era esa cosa en sí (Véase la crítica de Fichte, Schelling y Hegel a la cosa en sí kantiana). Y eso mismo pasa con la singularidad o vacío de t=0 del Big Bang, lo que indica que es incoherente conceptualmente, por mucho aparataje matemático con que encubran ese embrollo conceptual y místico. Si la relatividad general y la física no se aplican al t=0, el momento mismo del Big Bang, entonces ¿para que defender algo que es pura metafísica católica-creacionista y que no tiene relación alguna con las ciencias?



Rutherford imaginó que el sistema solar podría servir de modelo para explicar el funcionamiento del átomo de hidrógeno. Evidentemente, seleccionó algunos aspectos del sistema solar y suprimió otros. Por ejemplo, ignoró las características o propiedades de los objetos componentes del sistema solar. Ignoró por ejemplo que el sol tiene una determinada temperatura y que aparece como un cuerpo brillante en el cielo. Ignoró también que el sol tiene una masa de
1030 Kg., pero no el hecho de que tiene una masa. Porque este hecho era relevante para explicar la estructura del átomo de hidrógeno. En resumen, E. Rutherford ignoró todos aquellos hechos que no eran directamente proyectables sobre el átomo de hidrógeno y conservó los que consideró relevantes: en primer lugar, con la disposición de los componentes, unos planetas girando alrededor de una estrella en órbitas, en el caso del sistema solar, y unos electrones girando alrededor de un núcleo, en el caso del átomo de hidrógeno. Retuvo la estructura relacional que ligaba a unos y otros componentes: el hecho de que el sol atrae a los planetas como el núcleo a los electrones y que esa atracción es proporcional a la masa del sol y del núcleo. Lo proyectado pues no eran tanto las propiedades de los objetos componentes como las relaciones que los unían, pero no cualesquiera relaciones.


Ya en 1926 H. J. Muller, un discípulo de Morgan, tituló su trabajo sobre genética El gen como el fundamento de la vida, y según se dice se negó a cambiar este título por el de El gen como un fundamento de la vida. Dado que hoy nos resulta tan familiar atribuir esa capacidad de acción a los genes, además de las de autonomía y primacía causal, resulta difícil ver lo novedoso que en su momento resultó esta caracterización y tampoco percibimos por qué esa metáfora llegó a adquirir la familiaridad de que hablamos y su aspecto de verdad. Esta primera generación de genetistas norteamericanos desarrolló sus técnicas y prácticas oponiéndose a la embriología y forjó a la vez una manera de hablar de los genes: de su papel y su significado en la reproducción, el crecimiento y el desarrollo. El concepto de gen que aquí aparece es en parte el átomo del físico y en parte el alma platónica, al mismo tiempo un elemento constructivo fundamental y una fuerza animadora. Sólo la acción de los genes puede dar inicio a la compleja serie de procesos que incluye un organismo viviente. Lo curioso del asunto es que en el momento en que aparece esta concepción de los genes no se sabía qué hacían los genes. Ni Muller ni Morgan podían decirlo.

En el discurso convencional sobre la célula, el citoplasma se considera como un sinónimo del “huevo”, es decir, la parte femenina; y el núcleo se tomó a menudo como un doble del espermatozoide. En muchos debates sobre la importancia relativa del núcleo y el citoplasma en la herencia se reflejan discusiones más antiguas sobre la importancia (o actividad) relativa de los aportes materno y paterno en la reproducción, en las que tradicionalmente se atribuía un papel activo, de fuerza motriz a la parte masculina, mientras se relegaba a la femenina al papel de medio ambiente pasivo y facilitador (Aristóteles decía que la mujer ponía la materia –potencia pasiva- y el hombre la forma –actividad, acto- y, en términos platónicos, el huevo representaba el cuerpo y el núcleo el alma activadora.


Sokal denunció que era imposible conocer la filogenia de los organismos con la información que se recolectaba, debido a que los razonamientos se hacían circulares (la morfología determinaba las relaciones de parentesco, y con las relaciones de parentesco se interpretaba la morfología) y la información no era completa como para saber las "verdaderas" relaciones filogenéticas. Ejemplo: En 1775 el naturalista alemán Schreber describió por primera vez al gato montés (Felis silvestris) a partir de ejemplares europeos, y posteriormente otros estudiosos comenzaron a describir también especimenes encontrados a lo largo y ancho de los tres continentes, considerándoles como especies distintas. Pocock (1951) fue el primero en unificar a muchas de esas supuestas especies utilizando fundamentalmente patrones de pelaje, considerando como subespecies a casi todas las anteriormente descritas y manteniendo como especies separadas a las formas europeas, africanas y domésticas, llegando a contabilizar un total de 40 subespecies. Más adelante se reorganizaría la clasificación, y las 40 subespecies de Pocock fueron reducidas a 21 (Guggisberg, 1975). Sin embargo, el propio Pocock ya reconocía que no existían diferencias claras y constantes entre las especies que él consideraba, y un poco más tarde Haltenorth (1953) comprobó que no existían diferencias significativas en las medidas del cráneo de gatos procedentes de lugares tan lejanos como el centro de Europa y África tropical. Así, este autor fue el primero en reunir a todas las subespecies de gatos monteses europeos, africanos y asiáticos en una sola especie politípica: Felis silvestris.

Otra metáfora potente e interesante es la que despliegan los evolucionistas Jay Gould y Lewontin, extraída de la arquitectura: la enjuta.  

Las enjutas de San Marcos
Este artículo es una reproducción íntegra del original enviado al blog BIO (Ciencia+Tecnología), que gestiona JAL, publicado el martes, 27 de mayo de 2008. 

  
Raquel Bello-Morales
Universidad Autónoma de Madrid

En el año 1979, Stephen Jay Gould y Richard Lewontin publicaron en la revista Proceedings of the Royal Society of London un artículo titulado The spandrels of San Marco and the panglossian paradigm: a critique of the adaptationist programme (Las enjutas de San Marcos y el paradigma panglossiano: crítica del programa adaptacionista). Bajo este curioso título, los autores introducían el término “spandrel” en un contexto evolucionista y exponían un nuevo concepto en biología.

El darwinismo y el neodarwinismo son temas siempre polémicos, porque, aunque la evolución es un hecho tan demostrado como que la Tierra gira alrededor del Sol, las circunstancias y el modo en que ésta se ha producido son todavía motivo de debate. El paleontólogo Stephen Jay Gould y el genetista Richard Lewontin, ambos de la Universidad de Harvard, han dedicado gran parte de su carrera científica al estudio del hecho evolutivo. Gould y Lewontin han estudiado en profundidad y han criticado las posturas neodarwinistas que identifican todos los rasgos de los organismos como adaptaciones. Para ellos, por el contrario, no todos los caracteres de los individuos son adaptativos.

En un artículo titulado The spandrels of San Marco and the panglossian paradigm: a critique of the adaptationist programme publicado en la revista Proceedings of the Royal Society of London, Gould y Lewontin ofrecían un nuevo punto de vista. El término spandrel -en castellano, enjuta- es una palabra usada en arquitectura para designar el espacio existente entre dos arcos y la superficie horizontal situada sobre ellos. Este espacio accidental es un lugar idóneo para poner mosaicos o pinturas, y hay enjutas con ornamentaciones de una gran belleza. No obstante, no están ahí como fin en sí mismas, sino que han surgido como el subproducto inevitable del uso de arcos y rectas. Gould y Lewontin sostienen que los organismos portan numerosos spandrels, y argumentan que muchos procesos evolutivos son de esta clase: algunos rasgos surgen como un efecto colateral de otro cambio, pero acaban siendo útiles. Es decir, muchos rasgos carecen de un fin adaptativo y, por el contrario, pueden simplemente reflejar las constricciones estructurales impuestas por el desarrollo del organismo o por su historia evolutiva. En ese mismo artículo, Gould y Lewontin identificaban el funcionalismo ultradarwiniano del adaptacionismo como el “paradigma panglossiano”, en alusión al Doctor Pangloss, el personaje de Candide, la novela de Voltaire en la que éste caricaturiza la filosofía de Leibnitz. El Doctor Pangloss respondía a todas las desgracias diciendo que vivimos “en el mejor de los mundos posibles”. Así, Gould y Lewontin, explican cómo el neodarwinismo intenta asignar una función a cada rasgo de un organismo, para la cual, según ellos, ha sido seleccionada. En un artículo posterior publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, Gould definiría los spandrels evolutivos como “la clase de formas y espacios que surgen como subproductos necesarios de otra decisión en diseño, y no como adaptaciones útiles en sí mismas”. La intención era utilizar el término para expresar la característica de un organismo que existe como consecuencia necesaria de otras características y no ha sido seleccionada por sí misma.

Otro concepto fundamental y que puede dar lugar a confusiones, es el de preadaptación. Con la extraordinaria capacidad comunicativa que le caracterizaba, Gould ha explicado en numerosos escritos el clásico dilema que persiste desde la publicación del Origen de las Especies: el problema de los estados incipientes de estructuras útiles, lo que Gould llama irónicamente el problema del “cinco por ciento de un ala”. Las alas y las plumas funcionan de maravilla para el vuelo, y no tendríamos ninguna dificultad en comprender su función adaptativa: han sido creadas para volar. Pero, ¿Cómo se puede construir un ala –decía Gould- si la evolución tiene que pasar por una serie de estados intermedios, ya que un cinco por ciento de un ala no ofrece beneficio alguno para volar? ¿Cómo puede la evolución construir un ala a partir del antebrazo de un pequeño dinosaurio terrestre si los estados tempranos de esa transición entre antebrazo y ala no sirven en absoluto para volar? En una brillante resolución de este problema, Darwin propuso que los órganos adaptados por la selección natural para una función poseen también un potencial latente para trabajar de otras formas, si un cambio ambiental posterior favorece esa respuesta evolutiva. Gould añade que ese potencial latente surge como una consecuencia fortuita de un diseño estructural, no como resultado directo de la selección natural, ya que la evolución no se puede anticipar a un futuro desconocido. Una fila de plumas, o el cinco por ciento de un ala, no pueden ayudar a volar, pero las plumas funcionan estupendamente como mecanismos termorreguladores para conservar el calor. Así, las plumas pueden haber evolucionado desde los reptiles para una función inicial en termorregulación, y sólo más tarde fueron co-optadas para el vuelo cuando se volvieron muy numerosas y ofrecían ventajas aerodinámicas. Gould se preguntaba si un extraterrestre inteligente que visitase la Tierra en el Triásico y viese a un pequeño dinosaurio terrestre escasamente cubierto de plumas en los antebrazos con un efecto meramente termodinámico, podría prever un futuro en la Tierra con 8.000 especies de aves voladoras.

A Gould no le parecía apropiado el término preadaptación, porque esa palabra puede sugerir premeditación, ya que implica adaptación no a un ambiente presente, sino a un ambiente futuro, y los ambientes futuros son, como es lógico, impredecibles. Para definir estos rasgos surgidos inicialmente por una razón distinta de la base selectiva de su nueva función, Gould no encontraba el vocablo adecuado. Para llenar el hueco de un concepto clave en biología evolutiva para el que no había término apropiado, Gould y su colega Elisabeth Vrba, paleontóloga de la Universidad de Yale, crearon una nueva palabra: «exaptación»: “Vrba y yo propusimos que los rasgos co-optados para una utilidad actual subsiguiente a un origen para una función distinta (o inexistente) recibieran el nombre de exaptaciones –esto es, útiles (aptus), como consecuencia de (ex) su forma- en contraste con las adaptaciones o rasgos directamente construidos para su utilidad actual” (Estructura de la teoría de la evolución). Gould cita a Darwin para ilustrar el significado de esta nueva palabra:

«Se han señalado las suturas del cráneo de los mamíferos jóvenes como una hermosa adaptación para facilitar el parto, y sin duda lo facilitan e incluso pueden ser indispensables para este acto; pero como estas suturas están también presentes en los cráneos de las aves y los reptiles jóvenes, que no tienen más que salir de un huevo roto, podemos inferir que esta estructura ha surgido de las leyes de crecimiento y se ha obtenido de ella un beneficio en el parto de los animales superiores.» (C. Darwin, El origen de las especies)

Para Gould, era esencial diferenciar los conceptos de enjuta y preadaptación, porque tenían matices claramente distintos. En uno de los capítulos de su última obra, Estructura de la teoría de la evolución, terminada poco antes de morir, Gould utiliza el desarrollo de los caracoles como ejemplo para ilustrar el concepto de enjuta. Los caracoles que crecen por arrollamiento de un tubo alrededor de un eje, tienen que generar un espacio cilíndrico, llamado ombligo, a lo largo de ese eje. Aunque unas pocas especies usan esa oquedad como cámara de incubación de sus huevos, la mayoría no lo hace. La evidencia, por tanto, muestra que esas cámaras de incubación ocupan sólo unas pocas puntas en algunas ramas laterales en el árbol evolutivo de estos caracoles, no una posición central cerca de la raíz del árbol. Por tanto, parece claro que este ombligo no apareció por razones adaptativas, sino como una enjuta no adaptativa.

En un interesante debate, Steven Pinker criticaba el punto de vista de Gould: “La mayoría de los caracoles tienen una enjuta formada por el espacio que existe alrededor del eje de la concha. ¿Qué permite que algunas especies la usen para alimentar sus huevos? Son más listas o más diestras? No. Su anatomía y su sistema nervioso se han transformado de manera adaptativa para aprovecharse de la enjuta. Así, quien re-usa y co-opta no es otra que la selección natural. Hemos evolucionado de organismos sin ojos, pies y otros órganos complejos. Los órganos se tienen que haber originado de precursores que eran enjutas para algún organismo ancestral.” (Quizá aquí Pinker debería haber explicado por qué la mayoría de las especies de caracoles no utilizan la enjuta para incubar los huevos). Así responde Gould: “Pinker confunde las enjutas con el ‘cambio funcional’, un concepto resaltado por el mismo Darwin y que a menudo se identifica con el desafortunado y confuso nombre de ‘preadaptación’. Las estructuras que evolucionan como adaptaciones para una función, a menudo se co-optan para una función diferente en un linaje descendiente. (En el clásico ejemplo, las plumas evolucionaron para termorregulación en pequeños dinosaurios y fueron más tarde co-optadas para el vuelo en las aves). No creo que los ojos y las piernas aparecieran como enjutas, sino que surgieron para una función y fueron co-optadas para otra, mientras que las enjutas surgen no adaptativamente y después pueden ser cooptadas para una utilidad posterior”. Para Gould, por tanto, es fundamental distinguir entre preadaptación y enjuta, porque preadaptación (un concepto sutil muy importante en el programa adaptacionista) implica la co-opción de un diseño adaptativo para otra función distinta, mientras que la enjuta es un subproducto no adaptativo que podría ser –pero también no ser, como en el caso del ombligo de los caracoles- co-optado más tarde para un uso adaptativo.

Gould y Lewontin, por tanto, aceptan el papel de la adaptación en la teoría evolutiva, pero no la elevan a la categoría de absoluto y, por el contrario, contemplan la historia de la vida como un proceso más complejo, donde la adaptación, pero también otros fenómenos, gobernados por la contingencia, han producido la obra tan bellamente terminada que contemplamos hoy, millones de años después, pero que podríamos no estar contemplando.  

“Rebobínese   (Rewind) la cinta de la vida y déjese pasar (play) de nuevo. ¿Ofrecerá esta nueva interpretación algo parecido a la historia que conocemos?” (S. Gould)
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Sin embargo, como ha apuntado algún historiador de la arquitectura, la metáfora no es buena porque si bien hay, de hecho, más de un modo para sostener una cúpula sobre cuatro arcos, la elección de los constructores de San Marcos era la única conocida en su época que resultaba lo suficientemente fuerte para soportar una cúpula tan grande como la de esta basílica. En otras palabras, las enjutas de San Marcos son adaptativas. Esto mina lo afirmado por Daniel Dennett -uno de los conocidos como “Four horsemen of atheism”, junto con Richard Dawkins, Sam Harris y el recientemente fallecido Christopher Hitchens-, en su obra Darwin's dangerous idea: evolution and the meanings of life, contra Gould and Lewontin. Dennett decía allí que cada enjuta es una “obligatory design opportunity”–un espacio que el constructor es libre de rellenar con lo que sea. Véase http://oikosjournal.wordpress.com/2011/08/26/why-the-spandrels-of-san-marco-isnt-a-good-paper/